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La pregunta del billón

Jueves 23 de abril 2009 - 98

Roberto Bissio

Un cuatro seguido de doce ceros. Se escribe así: 4.000.000.000.000 y se dice “cuatro billones” en español y “four trillions” en inglés. Éste es el valor total en dólares de la merma en los activos de las empresas financieras del mundo desde que comenzó la crisis en setiembre pasado, según la última estimación del Fondo Monetario Internacional (FMI), emitida en Washington en vísperas de la reunión de primavera de los ministros de Finanzas de sus países socios, que son casi todos los del planeta. Dos tercios de esta suma serán descontados por los bancos en sus balances y el resto corresponde a empresas de seguros, fondos de pensión, fondos de inversión de alto riesgo (hedge funds) y otros intermediarios financieros.

El colapso de los bancos conduce a la desaparición del crédito y con ello sufren las empresas de la economía real. Las fábricas cierran, el desempleo aumenta, los consumidores no tienen dinero para comprar y con ello cierran más empresas, la economía deja de crecer, entra en recesión. La mayor desde la Gran Depresión de los años veinte. Cada nueva publicación del FMI y otros organismos especializados corrige a la baja las estimaciones precedentes.

Para evitar desastres mayores y compensar la retracción del sector privado, corresponde a los gobiernos gastar más según la fórmula neokeynesiana (por el economista británico John Maynard Keynes), convertida ahora en nueva ortodoxia económica que sustituye al obsoleto neoliberalismo.

Estos mayores gastos, llamados “contracíclicos” o de “estímulo”, se dan automáticamente en Europa occidental, al asistir la seguridad social a los desempleados, o como enormes desembolsos adicionales en infraestructura o subsidios a la industria en Estados Unidos.

Si los pobres tuvieran recursos para comer, vestirse, cuidar su salud o educar a sus hijos, ello no sólo sería en sí mismo justicia, sino que además ayudaría a la economía global. Pero, ¿de dónde van a surgir estos recursos cuando, a juicio del último informe del FMI, “el repliegue generalizado de los inversionistas extranjeros y los bancos” en las economías llamadas emergentes son “especialmente preocupantes”? La crisis originada en los países ricos se contagia rápidamente a los de ingresos medios y pobres. Con lenguaje técnico pero alarmante, la institución financiera lo describe así: “Las nuevas emisiones de valores prácticamente se han paralizado, los flujos bancarios han disminuido, los diferenciales de los bonos se han disparado, las cotizaciones bursátiles han bajado y los mercados cambiarios están soportando fuertes presiones”. Las fuentes de dinero se secaron y ello se debe, por un lado, a “la creciente incertidumbre acerca de las perspectivas económicas y los factores de vulnerabilidad de las economías emergentes” y, por otro, a “la tendencia a colocar fondos bajo la protección que ofrecen las mayores garantías de los mercados maduros”.

Traducido, esto quiere decir que las medidas tomadas por los países ricos para enfrentar su crisis bancaria y, por ejemplo, ofrecer garantías estatales a los depósitos, están causando un “daño colateral” en los países pobres o menos ricos. Inseguros sobre el futuro, los capitales se fugan hacia los bancos nacionalizados o subsidiados del Norte, en busca de la protección de las tesorerías de los países ahora llamados “maduros”. El miedo a la vulnerabilidad de la banca del Sur se transforma en vulnerabilidad real, como profecía autocumplida.

Es por lo menos curiosa esta designación del FMI según la cual civilizaciones milenarias son “emergentes” mientras que es “maduro” el mercado financiero de Estados Unidos, cuyo manejo irresponsable –y a menudo fraudulento– de los ahorros ajenos llevó al colapso de la economía mundial. Durante un panel de expertos convocado el pasado lunes por el Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas se debatió el tema de por qué ninguna de las instituciones encargadas de supervisar la economía mundial, como por ejemplo el FMI, pudo alertar al mundo sobre la inminencia de la crisis. La respuesta no radica en falta de capacidad, ya que centenas de economistas brillantes trabajan para esa institución. Las razones serían las mismas por las que ningún ministro se animó a decir que el emperador iba desnudo en la vieja historia infantil. Un subordinado no puede supervisar adecuadamente a su jefe y la crisis estalló precisamente en el único país con poder de veto en el FMI y el Banco Mundial. Aquel que por ser el que manda no puede ser adecuadamente supervisado por sus empleados.

La gran pregunta en Washington en los días previos a la reunión de primavera (boreal) del FMI y el Banco Mundial es de dónde vendrá el billón de dólares (un millón de millones) que la reciente cumbre del G-20 en Londres prometió poner a disposición de los países del Sur que enfrentan “turbulencias”. Para poder aumentar el capital que presta el FMI sin cambiar el sistema de cuotas se prevé una ampliación de los Derechos Especiales de Giro (DEG). Éstos pueden ser utilizados por los países como parte de sus reservas sin realizar ningún trámite especial y, por lo tanto, sin condiciones, pero sí pagando intereses. Pero como la utilización de los DEG es proporcional a las cuotas de cada país, apenas 19.000 millones estarán disponibles para los cincuenta países más pobres del mundo.

Muchos países “emergentes”, desde China a Brasil, pasando por supuesto por los exportadores de petróleo, son hoy en día acreedores netos de Estados Unidos y estarían dispuestos a aportar parte de sus reservas al FMI a cambio de ampliar su cuota –y con ella su voto– en la institución. Pero todo aumento del porcentaje de votos de un país implica que otros lo pierdan y por ello están estancadas las negociaciones para dar más peso en las decisiones a los países en desarrollo. Para eludir este tema espinoso se crearon nuevas “ventanillas” en el FMI, de carácter transitorio, a las que Japón ha contribuido con 100.000 millones de dólares y la Unión Europea ha prometido otro tanto. China, por su parte, haría un aporte de 50.000 millones, pero no quiere hacerlo a través de esta ventanilla sino comprando bonos de la institución financiera.

El Banco Mundial financia la mayor parte de sus operaciones emitiendo bonos, pero el FMI nunca lo ha hecho en sus sesenta años de historia.

Según el ex economista jefe del FMI Michael Mussa, Estados Unidos y la Unión Europea siempre bloquearon los intentos de la institución de emitir bonos porque con ello podría volverse menos dependiente de esos países para financiarse y, por tanto, menos dispuesta a seguir aceptando la orientación política que éstos quieran imponerle.

Cuánto poder político futuro están dispuestos los “maduros” a ceder a cambio del dinero de los “emergentes” es el gran dilema que los ministros de Finanzas del mundo tratarán de resolver este fin de semana en Washington.Manifestación en Wall Street


Publicado: Jueves 23 de abril 2009 - 98

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