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Cumbres borrascosas

Jueves 30 de setiembre de 2010 - Agenda Global - Nº 169

Roberto Bissio

Si no hay drama y conflicto no es noticia, como sabe cualquier aprendiz de periodista. Y por eso la prensa internacional ignoró la cumbre de las Naciones Unidas que evaluó la evolución de los llamados objetivos del milenio realizada del 20 al 22 de setiembre.

El “documento final” de la conferencia ya estaba acordado de antemano y no había, por lo tanto, sorpresas que reportar ni incógnitas a develar. Para peor, el documento es aburrido. Los mandatarios apenas admiten que “queda mucho por hacer”
y se comprometen a “acelerar” el progreso para registrar en el año meta 2015 logros mínimos en educación, salud y nutrición, sin explicar cómo se va a alcanzar en cinco años de vacas flacas lo que no se hizo en diez años de vacas gordas, transcurridos desde que estos objetivos fueron aprobados, en el 2000.

Convertida la cumbre en una sucesión de discursos previsibles y reiterativos ante una sala semi vacía, la concentración en Nueva York de decenas de altas autoridades dio origen a centenares de reuniones bilaterales programadas o espontáneas y decenas de minicumbres paralelas.

Juan Somavía, director de la Organización Internacional del Trabajo, organizó una de ellas y convocó a Tarja Halonen, presidenta de Finlandia y las ex presidentas Michelle Bachelet, de Chile, ahora a cargo de la flamante Entidad de las Naciones Unidas para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de la Mujer (ONU Mujeres), y Mary Robinson, de Irlanda, dedicada a la defensa de los derechos humanos.

Ante la mirada atenta de Sharan Burrow, la nueva secretaria general de la Confederación Sindical Internacional, y de Dominique Strauss-Kahn, director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Somavía celebró la inclusión en el documento del concepto de “trabajo decente” como esencial para erradicar la pobreza, así como el nuevo énfasis en la equidad y la provisión de servicios sociales universales, que sustituye al concepto ya pasado de moda de las “redes de protección social”.

Preparando tal vez su candidatura a la presidencia de Francia por el Partido Socialista, Strauss-Kahn sostuvo que el empleo debe ser un objetivo macroeconómico y no un resultado a lograr una vez que la macroeconomía está en orden. Defendió, además, la necesidad de continuar con políticas anticíclicas de aumento del gasto, “aunque, por supuesto, algunos países están tan endeudados que no pueden gastar más”.

En la práctica, el FMI recomienda recortes de los gastos sociales a más de cien países, según un estudio realizado por una agencia de las Naciones Unidas. La realidad choca tanto con los discursos que la publicación de esta excelente investigación aún no ha sido autorizada. En una reunión organizada por Turquía, que emerge como potencia media en Asia central y albergará el año próximo la cumbre sobre los países menos adelantados, el ministro de Planificación de Azerbaijan anunció medidas de austeridad, a pesar de que su deuda externa de cuarenta por ciento del producto es la más baja de todas las repúblicas ex soviéticas.

Como la ayuda de los gobiernos ricos al desarrollo está en contracción, los eventos más concurridos fueron aquellos en los que participaron los donantes privados. Presidentes y ministros de Salud africanos, la directora de la Organización Mundial de la Salud, Margaret Chan, y el propio presidente del Banco Mundial, Robert Zoelick, rodearon al multimillonario Bill Gates para aplaudir su contribución a la lucha contra la malaria.

Simultáneamente, la mesa redonda oficial sobre “alianzas globales” cerró una hora antes de lo previsto por falta de oradores, sin que se oyera la voz de ninguno de los miembros del Grupo de los 20. Como símbolo de esta tendencia, la única palabra no gubernamental invitada a hacerse oir en el plenario de la Asamblea General fue la de Melinda Gates, invitada para premiar su contribución, estimada en dos mil quinientos millones de dólares, al esfuerzo por reducir la mortalidad materna e infantil.

El secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, se empeñó personalmente en una campaña que, según afirmó, aportará más de 20.000 millones de dólares a la salud materna en el mundo.

Sin embargo, presionado en una conferencia de prensa, debió admitir que estos recursos no son en realidad ni nuevos ni adicionales, y ni siquiera serán manejados o auditados por las Naciones Unidas.

Las organizaciones de mujeres se mantienen expectantes. Celebran el interés por la salud maternoinfantil pero se preocupan por el lenguaje “propio de los años ochenta” y el aparente predominio de enfoques “caritativos” por encima de los basados en derechos de las mujeres, en especial los derechos reproductivos acordados internacionalmente en las últimas dos décadas.

A juicio de redes internacionales como Social Watch y el Llamado Mundial contra la Pobreza (GCAP), la mortalidad materna no es el más rezagado de los objetivos del milenio, como sostiene el documento acordado, sino que esta triste distinción corresponde al objetivo octavo, que es aquel que comprometía a los países desarrollados a colaborar con más ayuda, transferencia tecnológica, comercio justo y solución del problema de la deuda externa para hacer posible que los países pobres cumplieran con los otro siete objetivos.

La asistencia al desarrollo está cayendo, la Ronda de Doha de negociaciones comerciales continúa estancada, los mecanismos arbitrales de renegociación de las deudas siguen sin crearse y la trasferencia de tecnología es prohibitivamente cara por causa de las normas de propiedad intelectual monopólicas en las que basa su fortuna, entre otros, el filántropo Bill Gates.

Así como Somavía argumenta que la generación de empleo es la mejor política antipobreza y que el trabajo no es sólo fuente de ingresos sino también de dignidad y cohesión social, los países pobres no quieren caridad sino justicia.

Cuenta el ex embajador Ernest Corea, de Sri Lanka, que durante el almuerzo ofrecido por el secretario general de las Naciones Unidas a los vips, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, hizo el brindis de honor y concentró sus palabras en África y la crisis alimentaria. “No hay motivo para que el continente africano no sea un exportador agrícola neto”, argumentó con optimismo.

No se habían acallado aún los aplausos y los invitados se disponían a atacar el plato cuando el canciller brasileño, Celso Amorim, se puso de pie, fuera de programa, y mirando al presidente Obama dijo sin micrófono pero con voz suficientemente fuerte como para que toda la sala lo oyera: “Con todo respeto, señor presidente, si usted elimina los subsidios agrícolas aquí en Estados Unidos, eso ayudaría de verdad a África a exportar. Es una decisión que no precisa consenso, que un solo país puede tomar y que beneficiaría a todo el mundo”.

El resto del almuerzo, y de la cumbre, transcurrió sin novedades dignas de ser noticiadas.


Publicado: Jueves 30 de setiembre de 2010 - Agenda Global - Nº 169

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