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El síndrome de Fukushima

Jueves 14 de julio de 2011 - 27 Año 2011

Elizabeth Peredo Beltrán*

La tragedia de Japón irradiada desde Fukushima ha derivado en la pérdida de miles de vidas humanas, la desaparición de al menos una ciudad entera debido al terremoto y tsunami y la afectación a la central nuclear de Fukushima ocasionando explosiones en el núcleo de la misma con terribles consecuencias. Ello derivó en el cese de provisión de energía para más de seis millones de personas y el peligro inminente, pero encubierto, de graves efectos en salud de la población por la contaminación radiactiva. Los esfuerzos de la empresa TEPCO por mantener su imagen de eficiencia y control de la situación para mantener el negocio de vender y exportar energía nuclear a los países “menos desarrollados” se fueron derrumbando a través de la tragedia del pueblo japonés sometido a una agobiante desinformación y mensajes de salud pública contradictorios, y por la dramática situación de sus trabajadores inmolados en la absurda tarea de “controlar” el desborde ofrendando sus vidas.

Fukushima es uno de aquellos hechos que nos ha refrescado la memoria, por varias razones:

Primero, porque ha puesto en cuestión el principio que sostiene la lógica capitalista neoliberal y el desarrollismo: “Todo se puede reparar con dinero, ciencia y tecnología”, de que todo se tiene “bajo control”. Fukushima ha mostrado de manera dramática cómo ni toda la tecnología, ni el poco dinero que se ha invertido (porque siempre prevalece el principio del “ahorro”) ni los heroicos esfuerzos de técnicos y trabajadores han sido suficientes para parar la tragedia.

Segundo, porque ha validado las innumerables alertas que los activistas japoneses y de todo el mundo han manifestado en su lucha contra las centrales y la energía nucleares hace más de treinta años denunciando a las grandes corporaciones y los países desarrollados, que promueven la energía nuclear como energía alternativa limpia y sostenible, y que han promovido modelos de exportación y de dependencia de estas fuentes de energía; también nos ha recordado las decenas de accidentes nucleares algunso tan graves como el de Three Mile Island, en Pensilvania (EEUU) en 1979 y el de Chernobyl en 1986, una verdadera tragedia. Greenpeace advierte que la liberación de cesio-137 en Fukushima podría afectar la cadena alimentica durante trescientos años. Cada vez queda más claro que éstas son falsas soluciones que sólo aumentan el peligro para la humanidad en en un planeta que vive un contexto de  cambios globales por lo que la vulnerabilidad se ha centuplicado.

Tercero, porque ha puesto en la mesa del debate nuevamente y con mucho dolor el tema de la energía en un sentido más amplio y todo aquello que debe hacerse y no hacerse para asegurar, no solamente el acceso a la energía, sino fundamentalmente cambiar los modelos hacia matrices más sostenibles y menos dañinas para la naturaleza y para la humanidad.  Esto incluso puede remitir a aquellos postulados que aún muy tímidamente y en un plano más ideológico y retórico se va propugnando desde el Sur como es el “vivir bien”, que sugiere que los sistemas de producción y consumo deberían regirse por un principio de equilibrio con la naturaleza, reciprocidad y redistribución de los bienes entre los seres humanos de manera democrática, sostenible y modesta.

Cuarto, porque ha delatado un patrón muy generalizado del dominio neoliberal –o díríamos de cualquier poder económico- que es el de ocultar la verdad, maquillarla y vender el producto para consumo fácil y a “ojo cerrado”. Y éste es quizá uno de los temas más importantes porque tiene que ver precisamente con esa especie de fortaleza construida en torno al modelo neoliberal: que es la subjetividad y la cultura de la vida cotidiana.

El pueblo japonés ha estado sometido a informaciones contradictorias, atemporales, falsas. Da la impresión que hubieran estado en una maraña de verdades y mentiras como dos texturas mezcladas, asemejándose precisamente a la contaminación nuclear que funciona de esa misma manera: los expertos dicen que en el núcleo de un reactor nuclear hay más de cincuenta contaminantes radiactivos producidos a partir de la fusión del uranio (algunos de vida muy corta pero otros de vida extraordinariamente larga, de cientos de años). Éstos se pueden acumular en el ser humano porque su estructura es muy parecida a nuestra constitución biológica, a los elementos que utiliza nuestro organismo como el yodo o el calcio que se parece al estroncio, los elementos nucleares se asimilan en nuestro cuerpo y en los organismos vivos porque “se parecen” y son profundamente nocivos. Entonces, el cuerpo los asimila “creyendo” que son parte nuestra.

Es una paradoja que refleja igualmente la manera en que “creemos” que aquello que nos venden como desarrollo y bienestar es lo adecuado y nos acostumbramos a vivirlo sin mirar lo que está detrás, sin conocer los orígenes, los mecanismos, las injusticias y los daños que se cometen con ello.

Como en la tragedia de Fukushima, las corporaciones, las grandes potencias y los poderosos, saben lo que están provocando y eso no se se aplica solamente a la energía nuclear, sino también a las emisiones de gases de efecto invernadero, con la producción de agrocombustibles, con el uso indiscriminado de agrotóxicos, con la promoción del libre comercio o la promoción de la economía verde en sus diferentes expresiones, con la alteración de la vida a través de los organismos genéticamente modificados. Saben del daño que generan en el Sur global y a su propia gente, conocen los datos y sus consecuencias pero no dicen la verdad a sus pueblos.

En ese sentido, la tragedia de Fukushima es una verdadera metáfora de la crisis climática y medioambiental. Toda la humanidad está viviendo una especie de síndrome de Fukushima que marca cuán lejos podemos ir al olvidar el valor de la vida. Los poderosos saben de lo que se trata, pero prefieren cuidar los negocios y las alianzas para mantenerse en el poder, saben del peligro pero condenan a sus trabajadores a morir, saben que la muerte acecha pero maquillan la realidad y cambian las regulaciones de control. No respetan el derecho a la vida.

Siguiendo una vez más a Mahatma Gandhi quien decía que la lucha más importante es entre la Verdad y la No Violencia, los dilemas de la sociedad contemporánea contraponen la violencia y la Verdad. A estos principios de la búsqueda de la Verdad y la No violencia deberíamos añadir la necesidad de recuperar y mantener la Memoria como aquellos fundamentos necesarios para enfrentar los peligros del sistema y construir el futuro.

La confianza en el capital, en la tecnología y en el poder del ser humano sobre la naturaleza y sobre los más “débiles”, no son las claves para seguir habitando este planeta. Al parecer la Memoria –por lo tanto la lucha contra la impunidad-, la Verdad y la No violencia son los signos de la batalla por una transición hacia una sociedad restauradora del desastre, que está pugnando por nacer y cuyos gestores están hartos de ser víctimas del poder y del oprobio.

Estos principios, deberán ser sustentos indispensables de nuestro día a día por la transformación pues nos dicen que pesar del dolor, a pesar de la muerte sembrada por la codicia, a pesar de los desesperados intentos de vendernos todo (inclusive la verdad), es posible que la esperanza se exprese como una brizna verde atisbando desde los escombros.

* Directora ejecutiva de la Fundación Solón.

Esta es la segunda parte del artículo “El síndrome de Fukushima: un dilema entre la verdad o la violencia”, publicado en la edición boliviana de Agenda Global el 26 de junio de 2011, que circula con el periódico Cambio.


Publicado: Jueves 14 de julio de 2011 - 27 Año 2011

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