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A un año de Fukushima

Viernes 16 de marzo de 2012 - 57 Año 2012

Martin Khor

Hace ya un año que Japón fue asolado por un desastre triple -terremoto, tsunami y explosión nuclear- y todavía siente los efectos.

La lección, de la que Japón sólo aprendió algo y los demás países casi nada, es que los desastres naturales pueden llegar de forma inesperada, por lo cual los gobiernos deben destinar recursos considerables para prepararse y manejarlos.

Por lo general, sólo después que ocurren los desastres la lección se vuelve obvia. Se hacen promesas, pero no suelen llevarse a cabo hasta el siguiente episodio, y así el ciclo vuelve a comenzar.

Si bien el tsunami provocó los daños más inmediatos, fue el desastre nuclear en la central de Fukushima el que causó mayor conmoción y cuyas repercusiones se seguirán sintiendo a largo plazo. Este hecho desarticuló una serie de mitos. Ahora confirmamos, una vez más, que las centrales nucleares no son seguras.

El argumento de Tepco, la empresa japonesa que opera la planta de Fukushima, de que los reactores eran a prueba de fallas y podían resistir los terremotos demostró ser erróneo. La capacidad de las autoridades reguladoras de monitorear y controlar los riesgos y garantizar la seguridad fue prácticamente nula.

Una comisión independiente, creada por la Fundación Iniciativa para la Reconstrucción de Japón para investigar el incidente nuclear, demuestra lo cerca que se estuvo de sufrir una catástrofe aún mayor. El país estuvo al borde de una “crisis existencial”, aseguró su presidente, Yoichi Funabashi, en un artículo publicado en el Financial Times.

Cuando el tsunami dejó fuera de funcionamiento los sistemas de refrigeración de la planta de Fukushima, el presidente de Tepco anunció la intención de abandonar la planta y evacuar a sus trabajadores. El primer ministro, Naoto Kan, intervino personalmente, ordenando a la empresa que no abandonara el barco y formara un “escuadrón de la muerte” para continuar la batalla inyectando agua en los recipientes del reactor.

El escenario de mayor gravedad preparado por la Comisión de Energía Atómica de Japón preveía una explosión de hidrógeno, una sucesión de fusiones de los núcleos del reactor y una radiación tan vasta que habría que haber evacuado a todo Tokio.

Funabashi expresó: “La verdad es que estuvimos más cerca del ‘peor escenario’ imaginado de lo que nadie hubiera querido admitir. Nos salvó la dirección del viento (que sopló en dirección al océano Pacífico y no hacia el continente en los cuatro días que siguieron al terremoto) y la manera en que se rompieron las compuertas que separaban al pozo seco del reactor de la piscina de combustible gastado en la Unidad 4 (presumiblemente facilitando que entrara agua a la piscina). Sin duda la suerte estuvo de nuestro lado”.

La comisión presidida por Funabashi encontró que la industria nuclear había quedado atrapada en su retorcido mito de ser “absolutamente segura”, propagado por grupos de interés que procuran una amplia aceptación para la energía nuclear. También descubrió que “el régimen regulador de la seguridad nuclear de Japón era falso. Los reguladores simulaban regular, las empresas que brindaban el servicio de energía nuclear simulaban ser reguladas. En realidad, estas últimas eran mucho más poderosas en cuanto a pericia y poder”.

Se pueden extraer dos lecciones, dice la comisión. La primera: superar el mito de la “seguridad absoluta”, echar por tierra el tabú que rodea el concepto de riesgos en el negocio de la energía nuclear y la necesidad de prepararse para aquello en que no se pensó y no se anticipó. La segunda: contar con un organismo regulador independiente.

Una importante repercusión del accidente de Fukushima es el golpe que asestó a la industria nuclear, dejando en evidencia el peligro que enfrenta un país cuando algo va mal. De las cincuenta y dos centrales nucleares que había en Japón se han cerrado cincuenta y las dos restantes podrían cerrarse el mes próximo.

También ha habido una respuesta mundial. Alemania, Italia, Bélgica y Suiza declararon que cerrarán progresivamente sus centrales nucleares. En Asia, la situación no es homogénea. China suspendió la construcción de nuevas centrales nucleares en espera de cambios en las normas de seguridad, mientras que India, Vietnam y Corea siguen adelante con sus programas.

“Si se construyen más centrales nucleares en países en desarrollo que tengan escasa experiencia en el funcionamiento de un reactor, o en una región fronteriza donde pueda actuar el terrorismo, o sin suficientes recursos financieros para importar tecnología de avanzada, entonces existe la posibilidad de que en las próximas décadas ocurra un grave accidente nuclear que golpee al mundo en desarrollo”, declaró Kevin Tu, directivo del Fondo Carnegie para la Paz Internacional.

En su último informe de portada, titulado “Energía nuclear: el sueño que fracasó”, The Economist se muestra pesimista sobre el futuro de la industria nuclear. Tanto la construcción como el funcionamiento de las centrales nucleares resultan muy costosos. Según informes citados por el semanario británico, el costo de una central nuclear nueva era de 2,233 dólares por kilovatio de capacidad en 2004 y de 3,000 en 2008. Mientras que el gas cuesta menos de una quinta parte y la energía renovable -en particular la eólica y la solar- se abarata cada año.

Pero tal vez el mayor problema sean los residuos nucleares. Como señala The Economist, una cosa es construir una central nuclear que pueda durar cien años y otra producir residuos cuya peligrosidad dure cien veces más.

Hasta ahora, los países no han logrado crear un lugar donde los residuos nucleares puedan almacenarse a largo plazo. A medida que la opinión pública ha tomado mayor consciencia de los peligros de la radiación, la resistencia a que les instalen centrales nucleares en áreas vecinas ha aumentado radicalmente.

Es indudable que las explosiones de Fukushima y sus secuelas han contribuido a la mala prensa de la energía nuclear.

Martin Khor, fundador de la Red del Tercer Mundo, es director ejecutivo de South Centre, una organización de países en desarrollo con sede en Ginebra.


Publicado: Viernes 16 de marzo de 2012 - 57 Año 2012

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