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Mafias y plebe

Viernes 02 de noviembre de 2012 - 90 Año 2012

Héctor Béjar

Alucinantes imágenes de la lucha callejera entre comerciantes, delincuentes y policías en el Mercado Mayorista de Lima fueron propaladas por Al Yazira y la BBC y dieron la vuelta al mundo esta semana. Mostraron el rostro real del “milagro” peruano.

La recuperación de la llamada “Parada” por la alcaldesa Susana Villarán es un triunfo histórico sobre las mafias tal como la liberación del Centro de Lima en los noventa por el alcalde Alberto Andrade.

Hace tiempo que sostengo que el Perú es un país carcomido por las mafias y la plebe. Por mafias entiendo círculos secretos de complicidad e impunidad que roban bienes públicos y pasan por encima de la ley para enriquecerse. Por plebe entiendo multitudes abigarradas, pobres, sin configuración de clase, sin relación estable con los medios de producción, flotantes, sobrantes, asediadas por el hambre, que tienen que violar o evadir la ley para subsistir. Es el lumpen de estos tiempos, el pueblo convertido en chusma.

Lo que en el Perú se llama “achoramiento” es la conducta prepotente de la plebe, aprendida de ciertas clases medias y altas acostumbradas a explotar y dominar a la manera esclavista. Honestidad y achoramiento no son características exclusivas de un sector, se entrecruzan en la sociedad. Hay ricos achorados y pobres honestos tanto como hay pobres achorados y ricos honestos.

Las mafias amasan riqueza ilegal, la concentran, administran y viven en ella y para ella. Son los que juran por Dios y por la plata. La plebe se apodera de los cerros, los arenales, las calles, los parques, el transporte, los mercados, se hacina con las ratas. Vive en la pobreza y suciedad pero necesita de las mafias para subsistir. La plebe defiende a las mafias, coopera con ellas.

Hay mafias en el narcotráfico, la  minería informal, la construcción, el movimiento sindical, los casinos, el tráfico de mujeres y niños, las pandillas y barras bravas, el tráfico de tierras, el transporte urbano, el contrabando, la educación y el deporte. Las hay en el gobierno, en los medios de comunicación, en la Iglesia y las universidades.

Las mafias del Poder Judicial auspician la impunidad en vez de garantizar el bien público. Las mafias de la iglesia piden a Dios por los ladrones en vez de los honestos, claman por los asesinos en vez de correr en auxilio de las víctimas.

Las mafias de la política tienen el indulto de Fujimori como prioridad de su programa.

Una versión achorada del liberalismo es promovida desde la televisión. Una versión achorada de la cucufatería (pacatería) es promovida desde el Arzobispado.

La plebe anida en los arenales y los cerros, invade el comercio urbano, el transporte. En su hambre incesante por devorar lo público, irrumpe en los espacios abiertos, orina y defeca en las calles, se instala donde quiera con el pretexto de que es pobre. La pobreza sirve de coartada para el atropello y el vicio. Inmundicia y caos se extienden por todas partes, con su estética repugnante de calles atestadas, casuchas inconclusas, chatarra rodante, mototaxis, música estridente, pestilencias, con las anatomías monstruosas de la fealdad y obesidad consecuencia del hambre y la malnutrición. Es el rostro espantoso del país que se nos pretende imponer y que se extiende como mancha pringosa por el territorio nacional.

Las mafias carcomen América Latina. Están en la maquila mexicana, en la frontera entre México y los Estados Unidos, en las “culebras” de camiones que transportan contrabando entre Perú y Bolivia, en el Congreso habitado por los fujimoristas. Mafias y plebe comparten las maras de Centroamérica, las favelas de Brasil y las Villas miseria de Buenos Aires, las ciudades peruanas de Cajamarca, Chiclayo y Trujillo, muchos barrios de Lima. Ellos son los que mandan, cobrando cupos a la gente, tal como en el VRAEM (Valle de los Ríos Apurímac, Ene y Mantaro) cobran impuestos a los productores de cocaína.

Se miente y calumnia desde los periódicos, las radios y la televisión, se promueve una visión asquerosa y desdentada de la vida a lo Laura Bozzo.

La tarea de quienes amamos América Latina es recuperar los espacios públicos, imponer el orden, la limpieza y la justicia; e impedir que los gigantes de la miseria, la enfermedad y la mugre sigan carcomiéndola.


Publicado: Viernes 02 de noviembre de 2012 - 90 Año 2012

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