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Estado ¿dónde estás?

19 de setiembre de 2014 - No. 181 - Año 2014

Héctor Béjar

En los años ochenta del siglo pasado, el mundo vio a Gran Bretaña como un ejemplo cuando Margaret Thatcher privatizó el gas, la electricidad, los ferrocarriles, las aerolíneas, las comunicaciones, el agua, el acero y el carbón.

Sin embargo, una serie de desastres en los ferrocarriles llevaron nuevamente al control por parte de la Network Rail, propietaria y operadora de la infraestructura, una compañía que por ahora es privada no lucrativa (no puede distribuir dividendos) y será convertida en un cuerpo estatal a partir de este año 2014, en Inglaterra y Gales.

El cambio de opinión del electorado inglés respecto a las privatizaciones ha hecho que los laboristas declaren que si ganan en las elecciones del 2015 cambiarán los prejuicios contra el sector público. Desde The Guardian, Ha-Joon Chang, profesor de la Universidad de Cambridge, aconseja a los laboristas acabar con el dogma de la privatización y decirle a la gente que el sector público es frecuentemente más eficiente que el sector privado, como lo demuestra la historia del capitalismo.

En los días iniciales de la industrialización, dice Ha-Joon Chang, la Alemania y el Japón del siglo XIX instalaron factorías modelo para promover nuevas industrias en el acero, la construcción de barcos y otros grandes experimentos que el sector privado consideraba riesgosos. Después de la segunda guerra mundial, los países europeos usaron empresas estatales para desarrollar industrias de tecnología avanzada. El mayor ejemplo es Francia con Alcatel, Renault y Saint Gobain; Austria, Finlandia y Noruega con industrias de alta tecnología.

El ejemplo más dramático es Singapur. Las empresas estatales producen el veintidós por ciento del PBI y operan en un amplio rango de actividades, como aerolíneas, comunicaciones, electricidad, semiconductores, ingeniería, industria naval. Taiwán, otro milagro asiático, tiene un sector estatal que alcanza al dieciséis por ciento del PBI. Posco, la empresa estatal de Corea del Sur, fue instalada inicialmente con la asesoría del Banco Mundial y es ahora una de las más grandes empresas de acero en el mundo. En Brasil, Embraer es la tercera constructora mundial de aviones civiles; Petrobras es el líder mundial en la exploración marítima de petróleo y gas. Es conocido el caso de la Corporación Nacional del Cobre (Codelco), la empresa estatal de Chile procedente de la nacionalización en 1971 por Salvador Allende, que extrae y exporta el cobre chileno. Está construyendo cinco grandes proyectos mineros, es la empresa más importante del país y la cuprífera más grande del mundo. Codelco ha dado a Chile 112,000 millones de dólares desde 1971.

A diferencia de países como el Perú, donde cada presidente nombra a sus amigos para dirigir las pocas empresas estatales que superviven, la dirección de Codelco es institucionalizada. El directorio está conformado por cuatro directores designados a partir de una quina seleccionada por el Consejo de la Alta Dirección Pública, un director escogido a partir de una quina presentada por la Federación de Trabajadores del Cobre (FTC) y un director elegido de una quina presentada, en conjunto, por la Federación de Supervisores del Cobre (FESUC) y la Asociación Nacional de Supervisores del Cobre (ANSCO). El presidente del directorio es nombrado por el Presidente de la República, de entre los directores. El Presidente Ejecutivo es designado por el Directorio de la empresa y es el encargado de la administración de la Corporación.

Las más exitosas empresas estatales se encuentran en los Estados Unidos. El desarrollo de la computación fue realizado por el ejército, la marina financió las investigaciones sobre semiconductores y los organismos de defensa desarrollaron el Arpanet, precursor de internet.

La historia del capitalismo está llena de ejemplos de exitosas empresas estatales. En la República Popular China y la Federación Rusa, las empresas estatales son el corazón del desarrollo.

En los tiempos que corren, prohibir al Estado incursionar en la economía es dañino, obsoleto y va contra los intereses nacionales y la experiencia internacional.

Héctor Béjar
www.hectorbejar.com


Publicado: 19 de setiembre de 2014 - No. 181 - Año 2014

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