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Flexibilidad laboral: un remedio peor que la enfermedad

Viernes 21 de setiembre de 2012 - 84 Año 2012

Roberto Bissio

Durante las últimas tres décadas, la flexibilidad laboral ha sido recomendada por economistas neoclásicos, asociaciones empresariales e instituciones financieras internacionales como pieza clave del recetario para salir de las crisis económicas. Tanto en la Europa endeudada como en los países que sufren la crisis endémica del subdesarrollo, la fórmula es la misma. Bajar los salarios, debilitar a los sindicatos y hacer más fácil para un empleador el despido de los trabajadores redundaría, según esta teoría, en la generación de más empleo, ya que los inversores perderían el temor a contratos de trabajo “rígidos”. El pleno empleo, a la larga, beneficiaría a los trabajadores y la sociedad entera.

Nada de esto sucedió en la realidad. Es una de las principales conclusiones del Informe anual 2012 que acaba de publicar la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD).

“El paradigma de la flexibilización laboral tuvo un gran papel en el aumento de las desigualdades y con ello contribuyó a desencadenar la crisis financiera global” que estalló en 2008 y todavía asfixia a las principales economías desarrolladas, sostiene el informe. Las desigualdades en los ingresos fueron exacerbadas aún más por las políticas de rebaja de los impuestos a los sectores más ricos, que así podrían, según otra teoría fallida, invertir esos excedentes y generar empleo.

El informe de la UNCTAD encuentra similitudes en el aumento de la desigualdad en los países desarrollados -con una participación creciente de los más ricos en el ingreso total- en el período previo a las dos grandes crisis financieras de 1929 y 2008. Esa desigualdad probablemente fue uno de los factores que condujeron a las crisis, ya que se relaciona con conductas irresponsables de los sectores de ingresos más altos y un fuerte endeudamiento de todos los demás.

En el pasado, muchos países industrializados fueron capaces de generar un crecimiento sostenido e inclusivo, con una distribución más equitativa de la renta y un papel activo de los gobiernos en la economía. Sin embargo, esto ocurrió después de una extensa destrucción de capital y deudas, debido a la hiperinflación, las quiebras masivas y grandes guerras. En la situación actual, una estrategia de “desendeudarse creciendo” requeriría una progresiva redistribución del ingreso y la reestructuración de la deuda con el fin de restablecer la demanda interna y el crecimiento. Sin embargo, en muchos países afectados por la crisis -en particular en la Unión Europea- las políticas implementadas tienden a seguir aumentando la desigualdad.

“Las propuestas para lograr equilibrios macroeconómicos”, dice el informe, “dependen en gran medida de flexibilización del mercado laboral y la moderación salarial, así como de la austeridad fiscal basada en la reducción de gastos, en particular recortando los gastos sociales, salarios públicos y el empleo. Este tipo de ajuste genera distribución regresiva, constituye un obstáculo para el crecimiento económico en el corto y mediano plazo y resultará en una sociedad menos inclusiva para la próxima generación”.

Entre 1980 y 2007, justo antes de la crisis, la proporción de los salarios en el total de la economía bajó más del cinco por ciento en Australia, Bélgica, Finlandia, Francia, Holanda, Noruega, Reino Unido, Suecia y Estados Unidos, y en más de diez por ciento en Alemania, Austria, Irlanda, Nueva Zelanda y Portugal.

El informe de la UNCTAD demuestra cómo en Estados Unidos los trabajadores con ingresos estancados fueron endeudándose cada vez más para mantener su nivel de vida. Esto, a su vez, benefició a los bancos y sirvió para aumentar la desigualdad, hasta que millones de hipotecas se volvieron incobrables, la “burbuja” del crédito explotó y los bancos a punto de colapsar fueron rescatados… con fondos públicos, pagados por contribuyentes.

La desigualdad, que fue uno de los factores que llevaron a la crisis, aumentó luego a consecuencia de ella, primero por los millones de desempleados que provocó la recesión y luego por las políticas anticrisis que se aplican, sobre todo en Europa. Como los presupuestos estatales se ven desequilibrados por el peso del rescate bancario y la caída en la recaudación de impuestos, se recortan servicios sociales y sueldos de los empleados públicos, lo que a su vez aumenta la desigualdad.

A nivel global, la desigualdad también ha aumentado, al punto que el ingreso promedio del diez por ciento más pobre en los países ricos es superior al del diez por ciento más rico en los países pobres. En 1980, el ingreso de los quince países más ricos era cuarenta y cuatro veces mayor que el de los quince más pobres. En 1990 fue cincuenta y dos veces mayor y llegó a más de sesenta en el 2000. El freno al crecimiento en el Norte industrializado a partir de la crisis revirtió parcialmente esta tendencia y en 2009 la relación bajó a cincuenta y seis.

El crecimiento de la desigualdad en el mundo encuentra una excepción en el continente más desigual: América Latina. En varios países sudamericanos, la combinación de políticas fiscales redistributivas -cobrando más impuestos a quienes más tienen- y aumentos salariales vinculados a la productividad ha resultado en notorias mejoras en la distribución del ingreso.


Publicado: Viernes 21 de setiembre de 2012 - 84 Año 2012

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