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La ley para los más fuertes

13 de diciembre de 2013 - No. 144 - Año 2013

Las empresas necesitan ser reguladas por leyes y normas más fuertes que las actuales, sostuvo Joseph Stiglitz, profesor de la Universidad de Columbia y premio Nobel en Economía. Su conferencia ante el panel de defensa de los derechos humanos, el 3 de diciembre en Ginebra, en el marco del Segundo Foro Anual de las Naciones Unidas sobre Empresas y Derechos Humanos (ver recuadro), resonó en Nueva York, donde el grupo de trabajo sobre los Objetivos de Desarrollo Sustentable (ODS) comenzó la discusión sobre partnerships con el sector privado.

El secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki Moon, ha promovido varias alianzas de este tipo con grandes corporaciones, desde la Coca Cola al Bank of America, con miras de compensar los recortes en la ayuda oficial al desarrollo por parte de las economías avanzadas en crisis y convencer a las grandes trasnacionales a que inviertan de manera voluntaria en iniciativas que protejan el medio ambiente, promuevan los derechos humanos y generen empleos decentes.

Tales aspiraciones son ilusorias si, como alega Stiglitz, “la mano invisible del mercado no existe”. Adam Smith postuló en el siglo XVIII que actuando en beneficio propio los empresarios contribuirían al bien común, como guiados por una mano invisible. “Llevo medio siglo investigando las circunstancias en que esto no es así”, dijo Stiglitz, y citó una larga lista de ejemplos: las tabacaleras que fabrican cigarrillos más atractivos y adictivos, aun sabiendo que causan enfermedades y muerte, los bancos que prestan de manera abusiva y manipulan las tasas de interés, los empresarios que pagan salarios por debajo del mínimo vital y socavan las negociaciones colectivas…

“Muchas veces los transgresores alegan que están contribuyendo a la eficiencia del mercado, pero la investigación demuestra que es quimérico creer que maximizar ganancias resulta en eficiencia económica o mejoras sociales”, insistió Stiglitz. Las acciones de cada empresa afectan a los trabajadores, la comunidad en la que opera y la sociedad en general, y estos intereses no están representados en una toma de decisiones dirigida a maximizar las ganancias de los accionistas.

“La comunidad empresarial defiende los derechos de propiedad, incluyendo la propiedad intelectual”, explicó Stiglitz, e incluso el derecho del capital a moverse libremente de un país a otro. “Sin embargo, el ejercicio de estos supuestos derechos puede afectar los derechos humanos básicos, incluso el derecho a la vida. No es concebible el derecho sin obligaciones como, por ejemplo, la de pagar impuestos. La propiedad de la tierra no autoriza a establecer en ella un vertedero de residuos tóxicos que envenene el agua de las comunidades vecinas”.

Las corporaciones, argumentó Stiglitz, son una forma particularmente efectiva de acción colectiva, canalizando el trabajo en común de mucha gente que produce bienes y servicios que otros necesitan o quieren. Pero desgraciadamente esta acción colectiva diluye las responsabilidades individuales. Ninguno de los grandes banqueros cuyas acciones llevaron al mundo al borde de la ruina ha sido juzgado por sus fechorías. ¿Cómo es posible que nadie sea responsable?

En muchos países hay lazos estrechos entre el gobierno y empresarios poderosos. Estos vínculos vuelven a menudo imposible combatir abusos, ya sea contra el ambiente o contra los derechos humanos. Así como la Corte Penal Internacional fue establecida para juzgar crímenes de guerra imposibles de ser investigados y penalizados en los países en los que fueron cometidos, se necesita una jurisdicción extraterritorial y leyes más amplias y duras, que permitan juzgar en sus países de origen los delitos empresariales. Los códigos voluntarios de conducta, aunque importantes y necesarios, no son suficientes.

Es cierto que las compañías con mejores prácticas de responsabilidad empresarial tienen, en promedio, mejor performance que las demás. Es posible que las empresas más atentas a sus obligaciones sociales sean, en muchas otras maneras, mejores empresas y estén también más atentas al mercado. Pero la responsabilidad corporativa, sobre todo con relación a los derechos humanos, no puede quedar librada al interés propio. Las percepciones de cuál es el interés propio pueden cambiar, y eso a menudo ocurre en la práctica.

Existe, por supuesto, un sentido más amplio del interés propio, que va más allá del egoísmo estrecho y que incluye la preocupación por la sociedad en general. Es a este sentido al que Smith se refería, pero esta concepción amplia lamentablemente ha sido ignorada por sus seguidores actuales.

La razón, en definitiva, por la cual las corporaciones deben adoptar la responsabilidad empresarial no es el interés propio egoísta, sino que deben hacer lo justo y correcto. Y eso incluye dejar de oponerse a las leyes que protegen los derechos humanos y pasar a apoyarlas públicamente.


Publicado: 13 de diciembre de 2013 - No. 144 - Año 2013

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