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Estados Unidos y la primavera árabe

Viernes 26 de abril de 2013 - No. 111 - Año 2013

Javier Alcalde Cardoza

Una nueva política exterior en Medio Oriente

El atentado de las Torres Gemelas provocó un cambio trascendental en la política exterior de Estados Unidos en Medio Oriente. Dejando de lado su práctica tradicional de ganarse a las dictaduras como aliadas, o de convivir con ellas, comenzó a perseguir el objetivo de “cambios de régimen” en la región.

Es conveniente recordar que en 1979 Estados Unidos se había aliado con el régimen militar egipcio. Al finalizar la primera Guerra del Golfo (1991) prefirió abstenerse de derrocar a Saddam Hussein y luego vio con buenos ojos las negociaciones de paz de Israel con el régimen dictatorial de Hafez Assad en Siria.

El presidente George W. Bush empezó en 2003 a fomentar el reemplazo de gobiernos autoritarios (adversos a Washington), en una perspectiva regional de democratización. Se argumentaba que el establecimiento de la democracia, a través de la eliminación de regímenes opresivos y corruptos, era la solución para acabar con el profundo descontento popular que resultaba ser el origen del terrorismo en Medio Oriente.

La idea de democratizar la región era vista también como una precondición fundamental para lograr la apertura de unos mercados árabes altamente protegidos y conseguir la integración de estos en la economía global. Se intentaba hacer algo similar a lo que Ronald Reagan había logrado en los años ochenta en Europa oriental.

El designio norteamericano tuvo un primer avance en la ocupación de Irak en 2003. Poco después, Bush colocó a Irán, junto a Irak y Corea del Norte, en un “eje del mal”. Siria, estado árabe radical, potencia militar y aliado de Rusia e Irán, pero al mismo tiempo particularmente vulnerable por estar gobernado por una minoría Alawita, figuraba también en la agenda de Washington.

En mayo de 2003, Bush propuso formalmente la creación de un Área de Libre Comercio de Estados Unidos y Medio Oriente (MEFTA). Las exportaciones estadounidenses a la región representaban solo cuatro por ciento del total y la inversión directa era menos de uno por ciento del total mundial.

Por otro lado, jóvenes líderes de Medio Oriente con anhelos democráticos comenzaron a ser entrenados en Estados Unidos y Europa en técnicas de movilización popular desde 2003. Supuestas ONG, financiadas por el gobierno norteamericano, como la Institución Albert Einstein, Freedom House y el Instituto Internacional Republicano, los preparaban en la promoción de movilizaciones populares de carácter no violento, con uso intenso de símbolos y eslóganes y explotando el potencial de las redes sociales e Internet.

En Serbia, los jóvenes políticos asistían a Canvas, un centro internacional de capacitación creado por Srdja Popovic, quien dirigió la resistencia contra Slobodan Milosevic y preparó a los activistas que lideraron las revoluciones rosa y naranja en Georgia y Ucrania, respectivamente.

Tanto los activistas serbios como posteriormente los egipcios se nutrieron de los textos del veterano académico norteamericano Gene Sharp, estratega de las revoluciones no violentas, quien fue asesor en China, Myanmar y Venezuela, y fundador de la Institución Albert Einstein. Grandes empresas informáticas estadounidenses, como Google, Twitter y Yahoo, se involucraron también en la preparación técnica de líderes demócratas con ansias reformistas.

En el caso de Siria, funcionarios norteamericanos se reunían desde 2005 con grupos de oposición al régimen de Bashar Assad, ofreciéndoles fondos de la Middle East Partnership Initiative. En abril de ese año, el gobierno estadounidense inició la práctica de no responder las preguntas periodísticas acerca de si estaba tratando de socavar el régimen de Assad, mientras que extraoficialmente se señalaba que Washington no creía que su caída aumentaría la inestabilidad regional.

Joshua Landis, profesor estadounidense visitante en Damasco, afirmaba el 17 de setiembre de 2005 en el New York Times que, para Washington, Siria era “el fruto de más fácil alcance” en Medio Oriente y que pretendía colocarla en una senda de “inestabilidad creativa” en la búsqueda de democratizar la región. Y agregaba que Estados Unidos parecía ya estar llevando adelante una política de cambio de régimen de bajo costo, pese al ablandamiento de la dictadura de Assad y a los enormes riesgos de desestabilizar este país.

El término primavera árabe, con una connotación militante relacionada con la primavera de Praga de 1968, fue utilizado por primera vez en 2005, aludiendo al aparente retroceso de los autoritarismos en Medio Oriente después de la invasión de Irak. Ese mismo año, el nuevo presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, reacciona frente a la declaración del eje del mal de Bush radicalizando su posición: reanuda el programa atómico iraní e inflama la retórica contra Israel.

Las consecuencias del sorpresivo empate militar entre Israel y la guerrilla Hezbollah en 2006 acentuaron el deterioro del statu quo que desde 1979 venía sosteniendo Estados Unidos en la región: las negociaciones de paz israelí-árabes quedaron virtualmente sepultadas e Irán potenció su ascenso a la hegemonía en el Golfo y su desafío político y militar a Israel, respaldado por sus alianzas con Siria y Hezbollah.

A partir de ese momento arreciaron las presiones para que Irán detuviera su programa atómico y surgieron amenazas de  ataque a sus instalaciones nucleares. En esta coyuntura se dan, en 2009, las primeras manifestaciones de importancia contra un régimen establecido en la región. Alegando fraude en la reelección de Ahmadinejad, grupos opositores hicieron uso intenso de las redes sociales en la llamada revolución verde o revolución del twitter y hubo manifestaciones que ocasionaron fuertes disturbios en algunas ciudades.

El fracaso de la revolución verde se debió, en realidad, a que las grandes mayorías de Irán, así como los mismos líderes de la protesta, no cuestionaron nunca las bases de la República Islámica sino solo un mal uso de las reglas del juego.

Un año más tarde despunta la primavera árabe en Túnez. Las protestas desencadenadas por la autoinmolación de Mohammed Bouauzizi derribaron en menos de un mes, en enero 2011, al dictador Ben Ali. Estados Unidos tuvo un rol central en el manejo de la crisis. Disfrutando de una estrecha relación con Ben Ali, quien a su vez era muy cercano a Israel, Washington ya había percibido un serio debilitamiento, por lo que conversaba con figuras de la oposición.

Pese a que la crisis se presentó sorpresivamente, Estados Unidos pudo manejar la situación a través de la coordinación con la cancillería y las fuerzas armadas tunecinas. Esto le permitió arreglar el exilio de Ben Ali y acordar con los militares su rol de mediadores y protectores de los “intereses nacionales” durante la transición.

La caída de Ben Ali causó un fuerte impacto en Egipto, donde los activistas tenían una larga preparación. Las protestas comienzan a fines de enero de 2011 y provocan la salida de Hosni Mubarak el 11 de febrero. Se trataba de un régimen militar, corrupto y desgastado, cuya caída era previsible, pero se aceleró inesperadamente. Por esto, ningún candidato de renovación aceptable para Estados Unidos, como por ejemplo El-Baradei, exdirector de la Agencia Internacional de Energía Atómica, tuvo tiempo de lograr suficiente apoyo ni los militares egipcios consiguieron unificar su posición frente al avance vertiginoso de una insurrección popular en la que tuvo una importante participación la Hermandad Musulmana.

En Egipto, Washington no pudo reeditar el rol que jugó en la insurrección tunecina. Sin embargo, Google sí tuvo una participación notable. Después de haber establecido la Red de Bloggers del Medio Oriente y Africa del Norte, apoyada directamente por una organización vinculada al Partido Demócrata, proporcionó a los activistas egipcios códigos de acceso satelital directo, lo que les permitió eludir la interferencia gubernamental. El líder de la revuelta de febrero, Wael Ghonim, era director de marketing de Google para el Medio Oriente.

Hubo, sin duda, un marcado apoyo estadounidense a la revuelta egipcia. Lo que no queda claro es si su impacto -y particularmente su mensaje democratizante y libertario- llegaron a las masas. El Informe de Desarrollo Humano 2010 indica que solo el ocho por ciento de los jóvenes egipcios que utilizaban Internet visitaban páginas de contenido político. Por otro lado, solo once por ciento de la juventud egipcia consideraba que la participación en la toma de decisiones del gobierno era un asunto de mucha importancia, mientras que tres por ciento estimaba que la libertad de expresión debía acompañar al ejercicio de la democracia.

Probablemente lo que ocurrió en Egipto fue que las protestas de los activistas pro-democracia detonaron un descontento profundo y reprimido de las masas y facilitaron las acciones de otros grupos, interesados en un cambio de régimen aunque con agendas distintas. Notablemente la Hermandad Musulmana, que fue la que consiguió reemplazar al régimen militar.

El desplome de la dictadura de Mubarak vino a abrir una ancha grieta en la Pax Americana de 1979 al poner en entredicho la alianza de Estados Unidos con Egipto y el entendimiento de este con Israel, pilares centrales del statu quo regional.

La intensa desestabilización de Libia y Siria, que se dio en las semanas siguientes, podría explicarse, en la perspectiva de la intervención occidental, como una consecuencia directa de los sucesos en Egipto.

En Libia, un régimen  políticamente vulnerable había quedado peligrosamente en medio de dos países, Túnez y Egipto, en profunda convulsión. No podían arriesgarse las potencias a que el régimen de Muamar el Gadafi cayera en manos de fuerzas sin control ni conexiones occidentales. El país tiene un singular valor estratégico como bisagra entre Medio Oriente y Africa del Norte y, además, exporta ochenta por ciento de su petróleo a la Unión Europea. Imposibilitado de justificar internamente una nueva incursión militar, Estados Unidos dejó en este caso el liderazgo formal de la intervención a Francia y el Reino Unido, dentro de la OTAN, aunque colaboró desde el principio con los rebeldes, enviando incluso en secreto al embajador Christopher Stevens a Bengazí a coordinar las operaciones de apoyo a la revolución.

En el caso de Siria, donde las protestas comienzan el 18 de marzo de 2011, la posible caída del régimen de Bashar Assad va adquiriendo gradualmente un mayor significado para Estados Unidos, pues le presenta la posibilidad de comenzar efectivamente a lograr frutos de la primavera árabe, que hasta el momento solo le ha sido favorable en el caso de Túnez y ha puesto en entredicho su alianza con Egipto. De esta manera, al lado de sus aliados europeos, además de Turquía, Qatar y Arabia Saudí, Washington busca sobre todo asestar un fuerte golpe al alineamiento rival de Irán con Siria, Hezbollah y Rusia, en la devastadora pugna que se ha desatado por recomponer el orden de Medio Oriente.

Javier Alcalde Cardoza, Profesor del Departamento de Ciencias Sociales y de la Escuela de Gobierno y Políticas Públicas de la Pontificia Universidad Católica del Perú.


Publicado: Viernes 26 de abril de 2013 - No. 111 - Año 2013

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