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¿Comienzan a hundirse o saldrán a flote los países en desarrollo?

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Yılmaz Akyüz

Más de cinco años después del estallido de la crisis financiera mundial, la economía mundial ha mostrado pocos indicios de estabilización y de cambio hacia un crecimiento fuerte y sostenido.

Mientras el desapalancamiento sigue asfixiando la demanda privada, la actividad económica se está viendo aún más constreñida por el freno fiscal existente en los Estados Unidos y Europa, puesto que los gobiernos han recurrido a la ortodoxia fiscal tras la reflación inicial. Se ha otorgado una confianza excesiva a las políticas monetarias, sobre todo en los Estados Unidos, a través del suministro de una gran cantidad de liquidez a los mercados e instituciones financieros con tipos de interés cercanos a cero y con la ayuda de medios poco convencionales.

Estas medidas han sido claramente ineficaces para reimpulsar los préstamos bancarios y el consumo privado, y han provocado la búsqueda de rendimientos en inversiones de alto riesgo, un apalancamiento mayor y un auge en los mercados de valores. También han causado fragilidad financiera e inestabilidad en los tipos de cambio de los grandes países en desarrollo.

Siguen siendo muy inciertas las consecuencias que podría tener sobre la futura estabilidad financiera internacional una prolongación del período de políticas monetarias excesivamente laxas por parte de los emisores de monedas de reserva, ya que se trata de un terreno apenas explorado.

La crisis de las economías avanzadas ha tenido fuertes repercusiones para los países en desarrollo.

Aunque las condiciones de los mercados internacionales financieros y de los productos básicos se han mantenido por lo general favorables desde 2009, las fuertes tendencias al alza de las corrientes de capital y de los precios de los productos básicos, que empezaron en la primera mitad de la década de 2000, se han acabado y las exportaciones de los países en desarrollo a las economías avanzadas han disminuido considerablemente.

Además, los efectos puntuales de las políticas anticíclicas de los países en desarrollo han empezado a desaparecer y el margen de maniobra para la adopción de políticas expansionistas se ha reducido de una manera importante.

Así pues, el crecimiento de la mayoría de los grandes países en desarrollo ha sufrido una fuerte desaceleración. Asia, la región en desarrollo más dinámica, registró un crecimiento en 2012 unos cinco puntos porcentuales menor que el registrado antes de la crisis; en América Latina este se redujo a casi la mitad.

El subconsumo que afecta a economía mundial se debe a que la proporción de los salarios en los ingresos nacionales de todas las grandes economías avanzadas está en unos niveles bajos y en declive. Entre estas economías se hallan las de los Estados Unidos, Alemania y el Japón, además de China, países que tienen un efecto desproporcionalmente alto en las condiciones económicas mundiales.

También han aumentado la concentración de la riqueza y la desigualdad en la distribución de los ingresos sobre activos físicos y financieros. La financiarización, los recortes en el estado de bienestar y la globalización son los factores más importantes que están detrás de estas tendencias.

En ninguna de las grandes economías avanzadas ni en China se pueden encontrar medidas que busquen cambiar de modo sustancial la tendencia a la baja de la proporción de los salarios en los ingresos nacionales y un reparto más justo de la riqueza para permitir una expansión económica veloz, basada en un consumo de los hogares que esté apoyado por los ingresos y no impulsado por la deuda.

Durante los últimos veinte años en los Estados Unidos, donde la tendencia a la baja en la distribución salarial comenzó en la década de 1980, el auge del consumo y del sector inmobiliario y las expansiones económicas fueron impulsados sobre todo por burbujas crediticias y de activos: primero la burbuja de las puntocoms de internet en la década de 1990 y después la de las hipotecas de alto riesgo en la década de 2000.

La crisis actual ha provocado una mayor concentración de los ingresos y la riqueza. Con las políticas actuales los Estados Unidos no podrán registrar un crecimiento basado en la renta o en las exportaciones. Más bien, podrían sucumbir a la tentación de permitir que las actuales políticas monetarias excesivamente laxas degeneren en burbujas crediticias y de activos con el fin de conseguir una expansión rápida, del mismo modo en que su respuesta al estallido de la burbuja de las puntocoms provocó la burbuja de las hipotecas de alto riesgo. Entre tanto, podrían aprovecharse del exagerado privilegio que ostentan como emisor de la principal moneda de reserva e incurrir en crecientesdéficits externos.

Sea o no capaz de generar una expansión fuerte, semejante regreso a la manera habitual de actuar podría producir incluso otro ciclo de auge y caída. Esto podría resultar aún más dañino que la crisis actual no solo para los Estados Unidos, sino para la economía mundial en general.

Si, por el contrario, se impide que se produzcan burbujas de activos y de crédito que permitan impulsar el consumo agregado, el resultado podría suponer un crecimiento escaso, el aumento súbito de los tipos de interés y un dólar más fuerte, una combinación que suele provocar problemas a los países en desarrollo.

Parece que la zona del euro seguirá convulsionada por la debilidad económica durante un período indefinido, por lo que no se espera que la región pueda generar impulsos expansionistas para el resto del mundo aunque consiga devolver la estabilidad a la periferia afectada por la crisis.

China ha apostado por un crecimiento basado en la inversión, ya que sus exportaciones se redujeron drásticamente a causa de la crisis y de la contracción de las economías avanzadas, lo que contribuyó a las burbujas de crédito e inmobiliaria actuales. Este patrón de crecimiento no puede mantenerse indefinidamente. A pesar de reconocer la necesidad de aumentar la proporción de ingresos de los hogares en el Producto Interno Bruto (PIB) y de avanzar hacia un crecimiento basado en el consumo, el reequilibrio distribucional está progresando de un modo muy lento.

Sea o no capaz China de evitar el estallido de las burbujas y un aterrizaje brusco, a mediano plazo parece probable que siga una trayectoria de crecimiento menor y un reequilibrio gradual de las fuentes externas y nacionales de demanda y de la inversión y consumo nacionales.

Todo esto significa que se acabó el viento a favor para el Sur. Aunque consiga solucionarse por completo la crisis en el Norte, resulta probable que en los próximos años los países en desarrollo se encuentren en un entorno económico mundial mucho menos favorable que el que se encontraron antes de la Gran Recesión.

En consecuencia, para reproducir el crecimiento espectacular que disfrutaron en el período anterior a la crisis y para alcanzar al mundo industrial, los países en desarrollo deben mejorar sus propios fundamentos sobre el crecimiento, reequilibrar las fuentes nacionales y externas para alcanzarlo y reducir su dependencia de los mercados y capitales extranjeros. Esto requiere, entre otras medidas, abandonar las políticas neoliberales (tanto en la práctica como en la retórica) y buscar una integración estratégica en lugar de una integración completa en la economía mundial.

Fuente: Centro del Sur.


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